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Todos erramos, todos corregimos

Todos erramos, todos corregimos

La traducción se caracteriza por la convivencia de dos factores que se complementan y contraponen: la humilde discreción de sus aciertos y la insigne estridencia de sus errores. Así pues, mientras el brillante doblaje de una escena nos suele dejar simplemente complacidos y entretenidos con el desarrollo de la acción, el gazapo en uno de los diálogos del actor principal nos apuñala con saña los sentidos.

Pero cuando hablamos de gazapos, no solo hemos de referirnos a errores de traducción e interpretación de la lengua origen, sino de comprensión, coherencia y gramática de la lengua meta (la nuestra, la madre lengua). Y esto, lamentablemente, no solo sucede cuando traducimos, sino cuando nos expresamos, fuera del contexto profesional, lo que, a mi criterio, es aún más grave.

Así pues, nos encontramos a menudo, y no en la esquina de abajo, sino en medios publicitarios, informativos, contextos mediáticos y redes sociales, preciosas perlas y burradas sin precedente, igual ni par.

Hay quien dice que la tendencia a abreviar los mensajes de texto ha hecho mucho daño: qué tiempos aquellos, prewhatsapp, cuando el colmo de la modernidad era mandar mensajes tipo «ns vems n l dscnso ok?»… Si lo leías tú, estaba claro, incluso le sobraban letras al texto. Si lo leía tu madre, era absolutamente incomprensible. Y si lo leía el vecino de arriba, catedrático jubilado, te miraba ojiplático, incapaz de articular otra palabra que no fuese «señor…».

Posiblemente, una de las lindas costumbres más extendidas hoy sea la eliminación del signo de interrogación al inicio de frase. Fantástico. Cuando ya nos era difícil respirar entre préstamos y vocablos ingleses, resulta que nos hemos vuelto más modernos, si cabe, y hasta hacemos las preguntas en inglés. Que no se diga que los españoles no somos europeos. Entonces, «eso va a ser del inglés». No señor, que no nos confundan. Eso viene de la bendita Ley del mínimo esfuerzo, promulgada en algún feliz momento entre los años 2006 y 2009, y aceptada con suma alegría, sin pasar por pleno, en la actualidad.

Señores, es aceptable (porque práctico, no sé yo, dado el mínimo espacio que ocupa el signo) que en mensajes de móvil nos expresemos de esta manera. Pero hombre, que escribamos olímpica parrafada en Facebook obviando la interrogación inicial…, no lo veo.

Y vamos más allá. Muchos andan estresados, apenas sin tiempo para descansar, entre magnos encargos y plazos ínfimos, que yo lo entiendo, pero pinchar «enviar» sin revisar el texto, pues está feo. Luego, una vez publicada nuestra elocuente obra, muchas veces incapaces de volver atrás (no así en Facebook, donde podemos eliminar velozmente la publicación antes de que la lean), vienen los ¡Madre mía!

De Blade Runner: «He visto cosas que vosotros no creeríais…». Pues yo también. Jamás creí que vería cosas como «Córdova», «Incapié» o «Bolcán» (ojo a esta última).

Es cierto que todos erramos. Si es así, si todos erramos, todos corregimos. A ser posible, antes de dar por terminada nuestra labor.

Por todo ello, me es sumamente difícil, por no decir imposible, hablar de traducción y redacción sin corrección. Parece simple, banal e incluso de Perogrullo. Pues no lo es tanto. Hemos de recordarlo una y cien veces, si es preciso.

Para mí, como traductora, no hay nada como leer un buen texto bien escrito, cohesionado, que me atrape y no me haga pensar en su versión original. Es la humilde discreción de un gran acierto. El mayor acierto de un traductor.

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