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Muchos y valientes

Muchos y valientes

Los últimos acontecimientos hablan por sí solos:

  • España se tambalea sin remedio a golpe de tijeretazo.
  • La banca no da ya ni los buenos días, aunque está recibiendo de lo lindo.
  • Los mercados juegan la eterna última mano con un capital que, básicamente, hace tiempo que no existe.
  • La oposición sigue siendo la oposición, solo que ahora ya no toma forma exclusivamente partidista y nos habla desde el atril de su sede, sino que sale a la calle y dispara indignación por las esquinas.
  • Europa nos ofrece el Megacrédito mientras nos señala con un dedo y con el otro nos mantiene quietecitos bajo el microscopio y nos mueve a gusto de quienes hacen la radiografía que, inequívocamente, encontrará el origen de nuestro mal (algún día).

Un dramático escenario que nos invita a pensar lo que, francamente, conviene, y mucho, que se piense, que se sienta, que se arraigue: que estamos jodidos.

Apliquemos este bonito escenario a nuestro mundillo traductoril.

A la par que crece la comunidad profesional, cada vez, a mi entender, mejor preparada, crece también la Gran Familia de la Extorsión (que siempre estuvo ahí, pero antes era muy pequeñita y apenas contaba con un par, tres a lo sumo, de ideas nocivas y contagiosas), a saber: agencias maquiavélicas, tiburones mercantiles, promotores de la Ley del mayor número de palabras al menor precio (véase Cómo ser autónomo y no morir en el intento, año 2012. Edición revisada, y mucho. Numerosos autores.), publicaciones mediocres, tortazos profesionales y esclavitud global.

Debido a la infame costumbre que tenemos los traductores de comer todos los días, nos vemos obligados en numerosas ocasiones a prescindir de nuestros preciados pantalones y desempeñar nuestra labor en nuestros sencillos, a la par que elegantes, paños menores.

Estando así las cosas, nos encontramos muy a menudo con tarifas indecentes, contratos escandalosos, que, no es que hundan el mercado, que ya está muy tocado, sino que más bien no le dejan levantar cabeza.

Se habla tanto sobre el fatídico mundo de la tarifa basura, que no es mi intención extenderme sobre lo mismo. En todas las listas, foros, redes y demás zonas de encuentro profesional, se aboga por el rechazo y la denuncia de estas estrategias. Nace, incluso, la brillante iniciativa de crear una lista negra de agencias nocivas para la profesión, a fin de proteger a los compañeros del sector (hago constar que la aplaudo fervientemente, pero evitaré a propósito nombrar aquí a la mente promotora de dicha iniciativa por si las moscas, ya que también merece esta que se la proteja).

Llegados a este punto, me hago la siguiente pregunta: «¿Cuál es el denominador común en todas las empresas creadoras de estrategias encaminadas a mantener a perpetuidad el archiconocido y sufrido sueldo de mierda?». El señor Miedo.

El señor Miedo es un tipo elegante, moderno (aunque viejo como él solo), extremadamente inteligente y, de un tiempo a esta parte, el tío cojonudo que ayuda a los grandes a seguir siendo grandes.

Por el contrario, tenemos también la figura del señor Cambio, un tipo más informal y no tan rico y famoso; de hecho cuentan las malas lenguas que ya tiene un pie en el exilio.

La mayor virtud del señor Miedo es hacernos concebir al señor Cambio como una mera, banal, inmunda y hasta pagana utopía, propia de inútiles descerebrados, faltos de materia gris y coherencia con el presente (que, a falta de otro más digno, y siendo caballo regalado por los de arriba, bien está; es eso, ¿no?).

Y es que no basta con decirle al compañero «oye, no aceptes tarifas de mierda», sencillamente porque no es tan fácil y además desconocemos las circunstancias que llevan a esta persona a tragárselas.

Las dos causas fundamentales de las actuales tragaderas del sector son (sinceramente, no creo que la falta de solidaridad sea, a modo genérico, una de ellas):

1. Las llamadas force majeure (lo que, lamentablemente, viene siendo hoy en día sinónimo de comer). No me vale meter aquí fines del tipo necesito un IMac o comprarme el último Trados (cuando digo comer, es comer, simple y llanamente). Y ojo, que me atrevería a decir que, afortunadamente, pocos son los buenos traductores que saben lo que es en estos tiempos pasar hambre de verdad.  Son ellos, los que merecen todo nuestro respeto. Que no se nos olvide.

2. Falta de unión. Sí señores, unión de la buena, de la de verdad, la que llamamos mera, banal, inmunda y hasta pagana y utópica UNIÓN. Y aquí entramos todos: los pobres, los menos pobres, los acomodados y los que viven de narices (estos últimos, más que nadie).

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 La única y última vez que vi un país verdaderamente unido fue en el transcurso del histórico Mundial de Fútbol de 2010. A tan solo un día del inicio de semejante evento, miles de balcones mostraban dignos nuestra bandera nacional. Al poquito de empezar, cuando la Selección Española puso un pie en el avión de regreso (como venía siendo habitual) al perder contra Suiza en la primera fase, ocurrió algo que me llamó la atención sobremanera: se duplicaron las banderas patriotas en los balcones de mi calle. «Coño, esto es nuevo».

Cuando, tres días después de nuestra victoria, conseguí por fin un Marca, simbólica publicación que guardaré, como muchos otros, por si un día tengo hijos a quienes mostrar la noticia, pensé dos cosas: la primera, que, atendiendo al promedio de victorias mundialistas de nuestra Selección, bien podría ser la única que muchos españoles de cierta edad celebren; y la segunda: que si nos uniésemos de la misma forma para acribillar (aquí me voy a desahogar con permiso de todo el que esté leyendo) capullos, en dos días no quedaba ni uno.

Con el nacimiento del movimiento 15M volví a sentir que la gente podía unirse de verdad.  Su gestación, creación y salida al mundo no significa una victoria inmediata per se, sino la confirmación de que poder, se puede (ahora, que fácil tampoco iba a ser).

Por eso, volviendo al tema que nos ocupa:

UNIRSE de verdad es hacer que una agencia de traducción busque por toda España un solo traductor que haga el trabajo por una mierda de tarifa Y NO LO ENCUENTRE.

UNIRSE de verdad es denunciar y publicar a bombo y platillo las agridulces ofertas de cada agencia de mierda que paga tarifas de mierda.

UNIRSE es ayudar a los compañeros que tragan mierda a que dejen de tragarla, yendo mucho más allá del consejo y la advertencia (o a veces el apedreo, que también lo he visto).

UNIRSE es enviar 43 567 correos electrónicos (o más, que se puede) a aquellas agencias que nos remiten mailing en masa, ofreciendo mierda. Y así una y otra vez, y luego otra, y a la semana otra, hasta que nos convirtamos en su spam.

El boca a oreja es la mejor y más antigua de las armas. Usémosla.

Yo también pensaba que España, como siempre, no ganaría el mundial.

Yo también pensaba que España no se iba a levantar con el 15M.

Yo también tengo muchas veces al Sr. Miedo de visita en casa. Y también pensaba que éramos pocos y cobardes, pero va a ser que somos muchos y valientes.

Ya está bien, señores, que en España se traduce pero que muy bien, se es pero que muy profesional y, por tanto, se cobra como Dios manda. He dicho.

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