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La caída del titán inmobiliario: traducir mientras se hunde el barco

La caída del titán inmobiliario: traducir mientras se hunde el barco

«Excesiva velocidad. El transatlántico embiste el témpano por estribor; se hundirá  irremediablemente. Pero la orquesta sigue tocando hasta el final».

  Hundimiento del Titanic, año 1912.

España, año 2006

El mercado inmobiliario destapa su cara más agresiva. El ladrillo empieza a ver triplicado su valor, adquiriendo una tonalidad áurea, hasta entonces tan solo propia del lingote, de la mano de una salvaje y tenaz especulación. Hemos logrado poner en marcha la preciada máquina del tiempo que nos traerá pasivo infinito de un futuro incierto. Estamos de enhorabuena: se compra todo, independientemente de su valor real.

La soleada morada costera está en auge. La España estival está otra vez de moda. Y como tenemos cuartos de sobra (oda a la alegría que nos brinda nuestra querida máquina del tiempo), invitamos a nuestros vecinos europeos a nuestra gran fiesta de la inversión: «Sé bienvenido a mi fiesta. Trae a todos tus amigos. Pagas tú. La infraestructura, la orquesta y el precio de las copas, obviamente, lo pondremos yo y mis circunstancias de mercado».

Llamamiento a la comunidad traductoril: se precisa con urgencia traducción e interpretación en masa: notarías, gestión de compraventas y agencias inmobiliarias. La duración media del proceso de elevación a pública de una compraventa ante notario es ahora de cuatro horas y media. No porque el proceso en sí revista dificultad extrema, sino por la impresionante cola de compradores extranjeros que nos vamos a encontrar en la sala de espera. «Háganse a la idea, damas y caballeros, de que ir al notario es ahora lo mismo que ir al médico o a la peluquería: se sabe cuándo se entra, pero no la hora de salida. Recomendamos se traigan un bocata. O dos. Por partes indivisas».

Si los traductores, intérpretes y demás profesionales de la lengua propia y extranjera acuden o no al llamamiento, no será, para muchos, motivo alguno de preocupación. Si no son ellos, será cualquiera que aporte sus conocimientos de idiomas (bien sea por el verano que pasé en Londres, por la semana enterita que me tiré dando clases de italiano al hijo de Consuelo, la del tercero, o por el curso de atención al cliente que hice por gentileza del INEM: «¿Dónde habré puesto esos apuntes?»).

Como muchos de nosotros, comencé mi andadura en el departamento de escrituras de una inmobiliaria costera, donde viví grandes momentos, hice las mejores amistades y absorbí sin tregua una inmensa cantidad de conocimientos.

Cuando despegamos al mando de nuestro propio proyecto, se empezaba a disipar la ya por aquel entonces debilitada nebulosa que cubría el ciclo de mercado anterior, y que daría paso en tan solo un par de años al gran sol de la bonanza. Las palabras a traducir llegaban solas. Ni siquiera había que buscarlas.

El chorreo de clientes venidos al nuevo mundo de la mano de los grandes API (que eran quienes manejaban el cotarro junto con la diosa Banca, nuestra siempre gran amiga) era continuo: compraventas a precios imposibles, aportaciones de capital de dudoso origen, tasaciones improbables, ofertas increíbles; todo ello en medio de la cultura del lavado exprés: «compre ahora y por el mismo precio cambie el color de su dinero. Pásese al lado blanco. Es más legal y tiene, qué duda cabe, mucho más glamour».

Año 2007

«Pero qué bien lo están haciendo los de arriba, oye (nosotros siempre solemos ver las cosas desde abajo)». Desde mi humilde terraza de 3 metros cuadrados, de un piso de 56,  apto para el (esto lo digo yo) siempre inquilino traductor (y digo siempre inquilino, porque cuando se alquila, se es inquilino, y cuando se compra con hipoteca, que es mi caso, el propietario es, no te engañes, Noelia, el banco), no veo la línea de mar. Pero dicen que estar, está. Y quién soy yo para desmentirlo… Eso debe de ser porque la proliferación de cemento armado es tan brutal que cualquier parecido con ese soñado paseo marítimo que, creo recordar, venía indicado en plano, es pura coincidencia. Conozco a gente que, para ir a darse un baño en el mar desde casa, solo tiene que abrir la puerta.

Pero sigo traduciendo, desde mi pequeña terraza (balcón sería más apropiado). Y eso es fantástico.

Año 2008

«Pero una cosita, ¿no dijimos que las riquezas del futuro eran ilimitadas? ¿Por qué, entonces, me pitan los oídos, tengo la creciente sensación de que perdemos altura y me da a mí que en breve nos van a avisar de que la cabina se despresuriza?». Me pregunto si habrá máscaras de oxígeno para todos.

«Pero esto es un barco, no un avión, de modo que siéntate, Noelia, y no empieces a hiperventilar. Está bien. Un barco. Entonces nos hemos debido de comer algún iceberg, porque esto se está inclinando y yo te juro que estoy sobria».

La Banca está triste, la Banca está enfadada, ya no quiere ser nuestra amiga, ¿qué le pasa a la Banca?

El futuro, por su parte, ha colgado un cartel en la entrada de 70 x 150 que reza en mayúsculas, negrita, Tahoma de 72 ptos.: «Se vende». «¿Perdoooooona?».

—Estimados todos, que no cunda el pánico —nos dicen desde el trono los grandes de la especulación—. Esto es solo un vaivén pasajero.

«Ah, bueno». Pero me viene a la mente la escena de Titanic, en la que Leonardo promete amor eterno a Kate antes de sumergirse para siempre en las gélidas aguas del Atlántico. Y me acuerdo de que los traductores no viajamos en primera.

Año 2012

Ha pasado un siglo y la orquesta sigue tocando. Esto tiene que ser por algo. Y pienso que tal vez sea porque a lo largo de esta bonanza de ensueño hemos adquirido conocimientos y mucha experiencia, sabemos lo que se cuece en esta olla que se resquebraja, y es que queda mucho por hacer: no vamos a hundirnos. Y entonces veo la luz (sigo sobria, por cierto, la taza que me acompaña inmóvil, junto al pc, solo contiene un ya frío y desmejorado café con leche, lo juro). Los siguientes procesos traductivos siguen dándose en estas aguas, aunque en menor medida, lo cual nos incita a ampliar horizontes desde ayer, si es posible:

constituciones de sociedad (Articles of Association) para compraventas a favor de mercantiles extranjeras,

formularios de solicitud de N. I. E. (número de identificación de extranjeros),

formularios de solicitud de residencia fiscal,

productos financieros para el no residente (a falta del pan hipotecario, buenas son las tortas del plazo fijo, el seguro y el fondo de inversión),

testamentos y herencias (compraremos menos, pero lamentablemente nos morimos igual, hasta que alguien invente algo para evitarlo, y no me extrañaría que haya ya gestaciones mentales al respecto, en fase experimental, por supuesto),

certificados de antecedentes penales para miembros de países fuera de la Unión Europea, que precisen Autorización Militar de nuestro Ministerio de Defensa para comprar en áreas cercanas a bases militares costeras (consultar con el Registro de la Propiedad pertinente),

escrituras de compraventa (que sí, que algunos siguen comprando),

apoderamientos (aconsejo entregar al cliente una versión bilingüe para su firma en notaría extranjera o consulado correspondiente: os aseguro que además de pagarse, se agradece),

-la conocida Apostilla de La Haya (para la legalización de documentos extranjeros que, a su vez, deberán venir traducidos por un traductor jurado para su validez en notaría española),

colaboración con agencias inmobiliarias y despachos de abogados (una buena noticia: por experiencia propia os digo que los que queden tras el hundimiento, serán mejores).

El mercado inmobiliario es un universo cíclico que, si bien no volverá a erigirse sobre nuestras cabezas a alturas como las de antaño, acabará saliendo a flote.

No vamos a hundirnos. De modo que venga, a seguir tocando.

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