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Intrusismo

Intrusismo

En el ejercicio de nuestra profesión todos hemos señalado alguna vez a alguien, con el ceño fruncido y pensando en la palabra «intruso».

He visto y leído amplios debates al respecto, en los que podemos encontrar diversidad de opiniones, todas ellas muy aceptables y respetables, por parte de profesionales, estudiantes, clientes y docentes. De hecho, creo que es un tema que puede dar mucho juego…

¿Es un intruso aquel que desempeña nuestra función sin una titulación que la acredite? En mi opinión, el intrusismo está más relacionado con la profesionalidad que con la titulación.

Como comenté en una de mis anteriores entradas, la notaría es un escenario en el que me llevo moviendo muchos años y donde se puede apreciar muy bien la profesionalidad en el ejercicio de nuestra labor «en directo». A lo largo de todo este tiempo he trabajado con profesionales y con no tan profesionales.

He tenido la fortuna de conocer a personas perfectamente capacitadas, profesionales como la copa de un pino, aunque sin titulación específica (que no formación, porque pienso que la verdadera formación es en gran parte, la que se procura uno mismo). De ellos y con ellos he aprendido mucho, y he de quedarles siempre agradecida.

Por el contrario, he visto (cuando digo «he visto» quiero decir eso mismo, que he estado presente en sus actuaciones, ahí mismo, a su lado) ejercer a personas muy poco profesionales, con un flamante título por bandera. Aunque no hablo solo de traductores, voy a excluir de esta reflexión a los profesionales de sectores que, por cuestiones de seguridad ciudadana y salud pública, deben poseer una titulación específica, como pueden ser los médicos, abogados, ingenieros o los cuerpos de seguridad del Estado, entre otros.

Centrémonos, pues, en el sector de la traducción, que es lo que nos ocupa. Servimos a un mercado muy flexible y dinámico, lo cual, como es de suponer, tiene sus pros y contras.

Para mí un «intruso» es aquel que vende, promueve o pone a disposición del mercado un servicio como profesional, cuando la realidad de su labor dista mucho de serlo, bien sea por falta de conocimientos, experiencia en el sector o técnica (sí, por jeta, también).

Un profesional es, a mi entender, aquel que ha conseguido alcanzar la capacitación adecuada y requerida en el ejercicio de la profesión, habiendo empleado para ello los medios aceptables, legítimos y disponibles a su alcance, independientemente de la existencia o ausencia de titulación (incluyo aquí la figura del autodidacta, entendiendo como tal el que aprende mediante el empleo de medios y herramientas de forma autónoma, no el que ve, copia o cree copiar y  por tanto es, o mejor dicho, cree ser).

Aquel que vende lo que no es, sin estar a la altura de las necesidades de un mercado sensato y coherente (huelga decir que aquí nadie es idiota, ni clientes ni profesionales, todos sabemos lo que es o no aceptable), más temprano que tarde, quedará relegado a ocupar la tan famosa tierra de nadie, y forzosamente abocado al fracaso. El mercado acaba por escupir lo que no puede digerir.

En definitiva, diría que hay dos tipos de traductores (en cualquiera de ambos casos puede haber o faltar titulación): el «traductor profesional» y «el que traduce». Y no creo que, acreditados o no, los «intrusos» supongan un verdadero problema para los verdaderos profesionales.

Dicho esto, señoras y señores, hagan juego…

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